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La caja fuerte de la flora balear
08 de Octubre de 2009
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La caja fuerte de la flora balear
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No hace tantos años se podía encontrar en el mercado un tipo de melón blanco, conocido en Baleares como blanc de tot l’any, que en la actualidad ya no se comercializa. Lo mismo ha sucedido con una variedad de pimiento denominado de tap y con diferentes clases de hortalizas, frutas o legumbres. Todos estos productos estaban plenamente adaptados a las condiciones de clima y suelo de la zona y eran resistentes a plagas y enfermedades porque procedían de una selección genética de miles de años.

Si en 1970 existían en España cerca de 400 clases de melón, hoy en día en el mercado no superan la docena. Y es que en la década de los ochenta comenzó un lento pero inexorable retroceso de especies vegetales, rompiendo el tradicional ciclo que caracterizaba a la agricultura desde la antigüedad.

De escoger cada cosecha las mejores semillas para volverlas a sembrar, y que éstas evolucionaran adaptándose al medio; se pasó a cultivar variedades comerciales, lo que ha supuesto un empobrecimiento de recursos genéticos valiosísimos que, en ocasiones, ni se sabe qué aplicaciones prácticas pudieran llegar a tener. Las cifras hablan por sí mismas: en Europa se ha perdido hasta el 70 por ciento de las variedades de fruta y verdura que se cultivaban a principios del siglo XX y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que en estos últimos cien años se ha ido al traste un 75 por ciento de la diversidad genética de los cultivos.

A la ‘extinción’ de variedades agrícolas se suma la de otras muchas especies vegetales de flora autóctona, algunas de ellas endemismos; que sólo existen en un determinado lugar. «El Thymus Herba-barona subsp. Bivalens –explica Magdalena Vicens, conservadora del Jardín Botánico de Sóller– es un tomillo del que sólo quedan alrededor de 100 ejemplares en una zona muy restringida de la Sierra de Alfabia y es de las más amenazadas». Pero no es la única, existen otras especies como la Euphorbia Margalidiana, que sólo crece en el Islote de ses Margalides (Eivissa), o el Apium Bermejoi, una umbelífera endémica de los pequeños torrentes de la costa norte de Menorca y de la que queda un número limitado de plantas.

El ecosistema Mediterráneo ha experimentado en los últimos años una transformación radical que ha supuesto la destrucción de hábitats que acogían numerosas especies de flora, muchas de ellas endemismos que sólo se encuentran en una determinada área de distribución. En el caso de Baleares, el turismo y la ocupación de grandes espacios para uso recreativo han llevado a muchas especies al borde de la desaparición. Según Vicens, cambios en la zona costera, como la construcción de un chiringuito o abrir un camino pueden ser suficientes par alterar el equilibrio.

En el caso de los Limonium, un género de plantas adaptadas a las condiciones más hostiles, como pueden ser elevada salinidad, mínima cantidad de tierra y agua o fuertes vientos, el hecho de que se produzca un cambio en su hábitat (menos sal o menos aire) crea las condiciones favorables para que comiencen a instalarse especies invasoras que acaban desestructurando a toda la comunidad.

Otra de las amenazas es el cambio climático, que está causado variaciones en la distribución de la flora y puede acabar afectando a la supervivencia de muchas especies. El Mediterráneo es, en este sentido, un punto vulnerable, sobre todo en las Islas, así en el Botánico de Sóller se están estudiando unos helechos de la zona del Puig Mayor que ante el aumento de temperaturas están migrando cada vez a zonas más altas.

El Jardín Botánico de Sóller tiene como objetivo prioritario la conservación de especies endémicas raras o en peligro de extinción de las Baleares y sus áreas de influencia. Para ello mantiene, en el propio Jardín, colecciones de plantas vivas y también sus semillas, polen o esporas en un banco de germoplasma, lo que permite disponer de material para la reproducción, la investigación y el intercambio científico; es lo que se denomina conservación ex situ, es decir, fuera de su medio natural.

Pero para que ésta sea realmente efectiva, primero debe llevarse a cabo en su hábitat, estudiando la Ecología y Biología Reproductiva y tratando de averiguar los factores de amenaza y el por qué de su regresión; es lo que se conoce como conservación in situ.

Hasta mediados del siglo XX la mayoría de jardines botánicos eran de aclimatación, adecuados para criar especies de lugares geográficos distantes. En la segunda mitad del siglo XX ,con la degradación del medio ambiente y la globalización, comienzan a cambiar estos criterios y la conservación pasa a ser una tarea prioritaria para estas instituciones.

Una de las iniciativas para preservar los recursos genéticos son los bancos de germoplasma, colecciones de material genético, principalmente en forma de semillas que, después de ser deshidratadas y almacenadas, se conservan en condiciones especiales de temperatura y de humedad, para que el material se mantenga durante largos períodos de tiempo.

Para mayor seguridad se crean segundas poblaciones en hábitats adecuados y se recolecta el 50 por ciento de las semillas que produce cada ejemplar adulto para obtener una representación genética de la totalidad de la población y asegurar la pervivencia en otros jardines botánicos y bancos de semillas.

El Botánico de Sóller pertenece a ENSCONET (European Native Seed Conservation Network) una red europea que coordina el trabajo de distintas instituciones dedicadas a la conservación de semillas de especies silvestres europeas. Y participa, entre otros, en el proyecto SEMCLIMED (Semilla, Clima y Mediterráneo) que evalúa los efectos del cambio climático sobre la biodiversidad de la flora mediterránea, proponiendo medidas de conservación y concienciando sobre la dimensión del proceso de calentamiento del planeta.

Su banco de germoplasma se creó a comienzos de los 90 y combina semillas de la flora silvestre autóctona con las de variedades agrícolas.

Fuente: elmundo.es (Baleares)
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